“En mi cumpleaños pusieron grasa encima de una rebanada de pan con azúcar espolvoreada, la repartían como pastel”: Peter Rosenfeld Span, sobreviviente del Holocausto

“En mi cumpleaños pusieron grasa encima de una rebanada de pan con azúcar espolvoreada, la repartían como pastel”: Peter Rosenfeld Span, sobreviviente del Holocausto

Tenía 6 años cuando fue encerrado en un gueto junto con su mamá y hermanos. 75 años después cuenta su historia frente a alumnos, profesores y directivos del Colegio Hebreo Sefaradí. 

1944. Mientras la película Casablancaganaba el Óscar, dos judíos lograban escapar del campo de concentración de Auschwitz. Alemania empezaba a perder sus primeras batallas. “Éramos como 60 en el tren. Sólo los enfermos se sentaban. A veces las ventanas del vagón no se podían subir. De repente, se escuchó una voz afuera. Era mi papá. Mi madre lo logró ver. Cuando tocaba mi turno, el tren arrancó. No pude ver a mi papá. Estas vías me lo han recordado todo”, cuenta entre lágrimas Peter Rosenfeld Span, quien al verse frente a las vías del tren del Centro de Estudios Multisensoriales del Colegio Hebreo Sefaradí, lleva a su memoria su historia como sobreviviente del Holocausto.

Hoy, 75 años después, se encuentra parado frente a un grupo de alumnos, profesores y directivos del Colegio. Con un semblante tranquilo, apacible y sereno, se dispone a hablar. A revivir la etapa más difícil que empezó a vivir a los seis años.

Raíces

“¿Cuántas veces hemos oído hablar de ‘6 millones’? Para comprender la magnitud, si hacemos una cola, son 3,600 kilómetros. No podrían caminar al mismo tiempo porque se tropezarían. Tendrían que suceder 69 días para que el último empezase a caminar”, cuenta el asesor financiero retirado, pero que algún día fue arquitecto y fotógrafo.

“Fuimos tres hermanos. Vengo de una familia rica en Belgrado, Yugoslavia. Teníamos la ferretería más grande de aquel país y Hungría.»

Decisiones

Rosenfeld lleva su charla de una manera dinámica y entusiasta. Con una analogía sobre lo que estaba pasando en algunos rincones del mundo, intenta confiscar un poco del terror que se vivió, para millones de personas, el efecto más trágico de la II Guerra Mundial: el Holocausto.

“Mientras que en México se estaba expropiando el petróleo en 1938, en Alemania se empezaron a decomisar los primeros pasaportes a judíos. Para 1939, mi familia tenía que tomar la decisión de hacia dónde ir. Mis padres viajaron de Belgrado  a Hungría, pasaron por Suiza, después a Toronto y finalmente a México. Allí estaba mi tío Andrés. Pero regresaron a Europa porque no podían entender la magnitud del problema que se avecinaba, y los problemas inmediatos como vender sus propiedades, no se veían como urgentes. Mis papás se equivocaron.

“En 1940, mientras se daba a conocer Pinocho, se estaba construyendo el campo de concentración de Auschwitz. Empezó la invasión de Francia. Inició la confiscación de teléfonos a judíos”. El negro de la historia apenas empezaba a hacer sombra sobre la Europa en plena guerra.

Barreras

Sus papás lo tenían claro. Siempre pensaron que Yugoslavia no sería para toda la vida. Por eso les pusieron nombres “internacionales”: Juan, Pedro y Pablo.

“Empezó la persecución. Mi papá alojó a quien pudo en el sótano. Obtuvo una visa a Estados Unidos. Sin problema cumplió las tres condiciones que le imponían: demostrar que podía mantenernos tres o cuatro años, mostrar boletos de barco y tren; y tener visas para atravesar Austria (territorio nazi ya para ese momento) y Francia (ocupada por Alemania). Este tercer requisito hacía imposible salir.

“El 6 de abril de 1941 bombardearon Belgrado. Para 1942, México declaró la guerra a Alemania, Italia y Japón. Empezó el exterminio. Mientras se estrenaba en Nueva York El Principito en 1943, empezaron a llegar los gitanos a Auschwitz. Mi mamá se iba a esquiar. Nosotros seguíamos de vacaciones”.

Frío

“En 1944 nos mandaron a un gueto. Una maleta por familia. Pasé tres días llorando porque me separaban de todos. Mi mamá estaba del otro lado de la reja. A 500 hombres nos hicieron un examen médico, yo tenía 6 años.

“Del 2 de mayo hasta el 16 de junio nos mantuvieron en dos guetos. Nos transportaron en trenes de ganado. Comíamos una cucharada de sopa, a veces una rebanada de pan. También nos daban sopa de desperdicio de col y sobrantes de cocina. En lugar de cobijas, nos tapábamos con papel periódico. Recomendación: ¡funciona perfectamente para evitar el frío!”, subraya con ánimos reparadores Peter Rosenfeld Span.

Liberación

“Los domingos nuestras mamás se la pasaban buscando y matándonos los piojos. Teníamos una profesora que nos enseñaba historia y geografía. Ella nos habló de lo rico que era Tutankamón. Que comía en una vajilla de oro. Un día le preguntamos que qué era ‘vajilla’. Nos respondió que era donde le daban sus desperdicios (comida), a Tutankamón”, rió Peter junto con el público.

Ya para 1945, Peter resaltó el suicidio de Hitler el 30 de abril. “Empezó la liberación con la invasión de los soviéticos en Berlín. Un 14 de abril de 1945, a las 7:00 de la mañana, se fue el ejército ruso. Los adultos dijeron que nos iríamos en ese momento. Salimos sobre una zanja. No paramos. Yo iba hambriento. Estaba lloviznando. Como a las 11:00 salió el sol. El 8 de mayo se declaró el fin de la guerra en Europa. El 15 de agosto fue el final de la guerra en todo el mundo. Para noviembre empezaron los juicios”, contó simultaneó a un suspiro Rosenfeld.

¿Por qué?

Hasta 75 años después, Peter se hizo la gran pregunta: “¿por qué me salvé?…

“Tiempo después me enteré de que el abogado Rudolf Kasztner negoció el intercambio de un tren con 1,500 judíos por 30,000 esclavos. Mujeres, niños y viejos serían aceptados. Había una negociación por llevarse a los judíos más ricos. Yo fui de los afortunados. Me saqué tres veces la lotería:

  1. “Por haberme salvado desde el inicio de ir a un campo de exterminio.
  2. “Mandaron a 11,000 personas, por error, a Auschwitz.
  3. Los niños que mandaron a Viena, tenían que sacar cadáveres”.

Para diciembre de 1945, la familia de Peter volvió a Belgrado. En ese mismo año le detectaron tuberculosis. Su papá murió en diciembre. Pero antes de morir, mandó una carta, con cinco copias, a México.

“Pidió que una se enviara a Toronto, otra a Nueva York, una más a Quito (Ecuador) y la última a Bolivia. Mi prima la guardó y me la dio cuando cumplí 34 años. El documento decía que lo habíamos perdido todo. Me tomé tres meses para leerla completa. Había 43 nombres de los que reconocí a 20. Algún día los voy a averiguar todos”, concluyó escéptico pero con el brillo de la esperanza en su mirada Peter Rosenfeld Span.

México, libertad

Para 1947, la mamá de Peter vendió su casa en Belgrado en 400 dólares. Se fueron a París como punto de conexión hacia México. Cuatro meses después fueron directamente a Nueva York. Su tío Andrés los esperó en Nuevo Laredo. El 14 de julio de 1947 pisaron tierras aztecas. Ya en México, Peter ganó la competencia de los 100 metros de nado en dorso.


Sentimientos

“No era lo mismo un soldado que un nazi. Recuerdo que un soldado me sentaba en sus piernas. Me enseñaba una foto de su familia. Me señalaba la foto de su hijo de mi misma edad. No le entendía nada. Pero lo hacía con nostalgia.

“Los miembros del ejército ruso eran campesinos de 19 años. Coleccionaban relojes. No sabían leer ni escribir. Siempre nos decían, en ruso, ‘dame reloj’. Yo después pensé cómo era posible que tuvieran tantos relojes. Y para qué, si no sabían ni los números.

“Los grandes no nos dejaban ver a los muertos. Uno se les escapó y logramos verlo. Tenía la sangre café. Me preguntaba por qué. Llevaba dos días muerto.

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