“Tuve que aprender a decirle ‘papá’ y ‘mamá’ a dos desconocidos”: Liana Halphen, sobreviviente del Holocausto

“Tuve que aprender a decirle ‘papá’ y ‘mamá’ a dos desconocidos”: Liana Halphen, sobreviviente del Holocausto

Después de la guerra, había escasez de comida y de vivienda, todo estaba destruido.

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Los alumnos de 6to de Primaria recibieron a los alumnos de la Beith hayladim para tomar un taller de sensibilización con el tema de Justos entre las Naciones.

Las actividades incluyeron dinámicas como la revisión de las biografías de quiénes fueron los Justos entre las Naciones, sus motivos por los cuales decidieron ayudar a los judíos durante El Holocausto y qué es lo que podemos aprender y valorar de ellos. Dentro de una de las actividades, los alumnos tuvieron que compartir el orígen de su propio nombre y apellidos, logrando así un ambiente de convivencia y reflexión.

Por último, la señora Liana Halphen, contó su experiencia como sobreviviente del Holocausto.

“Nací en 1938. Mi apellido es de origen francés. Mi familia migró de Hungría –actualmente territorio croata– a Florencia, Italia. Era el régimen de Benito Mussolini, un aliado de Hitler. Los judíos ya no podían ejercer sus profesiones. Aún así, mi vida era tranquila. Hasta 1943…”.

 

“Tuve que llamar a unos desconocidos ‘tío’ y ‘tía’”

Era el mes de septiembre. Los nazis entraron en la sinagoga de Florencia. Se llevaron a todos los que estaban rezando. Había conocidos que jamás volví a ver. Por esas mismas fechas se llevaron a mi papá. Pero unos obreros lograron ayudarle a salir de allí. Así empezó la travesía”.

Liana se muestra tranquila. Relajada. Nada la mueve ni la inquieta. Su mirada es fija y su postura es segura. Con ese retrato empieza a endurecer su relato: “Suiza, al ser neutral, había albergado a 6,000 judíos. Teníamos la opción de irnos para allá. El problema era la frontera ítalo-suiza. Había fascistas que hacían correr el riesgo de terminar en un campo de concentración.

“Mis papás decidieron correr el riesgo. Pero sólo ellos. A mi hermano y a mí nos dejaron con unos amigos, en Milán. Tuvimos que llamar ‘papá’ y ‘mamá’ a dos desconocidos. Mientras, mis padres estaban ya en Suiza en campos de refugiados –que no tenían nada que ver con los campos de concentración–. Después de eso, poco a poco los distribuirían en las ciudades.

“Ellos pensaban que la separación duraría semanas o meses. Pero pasó un año para volver a reencontrarnos. Mi tío [como llama a los Aldrovandi, la familia que la acogió], nos entregaron con unos ‘contrabandistas’ que nos dejarían en la frontera. Pasamos un punto ‘neutro’, llenos de miedo, hasta llegar a Suiza. Allí nos recogieron los militares. Nos llevaron con mi papá, a quien yo no reconocí al verlo. Mi hermano estaba muy enojado por esa falta de atención”, remató Liana.

Finalmente su padre los llevó con su mamá, quien estaba hospitalizada con neumonía –aunque los campos de refugiados no tenían tan malas condiciones como los de concentración–. Fuera de Suiza, Liana cuenta con ternura cómo regresaron con los Aldrovandi a Milán: “Vivimos durante unos meses las dos familias en un pequeño departamento, hasta que mi papá se estableció laboralmente”, puntualizó Liana.

Según Halphen, fueron hasta dos o tres años después cuando lograron establecerse. La Europa de la posguerra “fue igual para judíos y para los que no lo eran. Había escasez de comida y de vivienda, todo estaba destruido”.

En 2013, la familia de Liana logró que los Aldrovandi fueran considerados Justos entre las Naciones: “Fueron desde Jerusalen a darles un certificado y una medalla. En Israel están nombrados. Eso nos llenó de satisfacción, concluyó Halphen.

La historia de la gallina

Una de las anécdotas más fuertes para Liana fue cuando su tío [así llamaba a la señora y al señor Aldrovandi] golpeó a la mesa: “Éramos, como todo niño, muy rebeldes. No queríamos comer. Azotó la mano para decirnos; ‘Aquí se come todo y punto’”.

No obstante, la historia que mejor comparte Liana, y con alegría, pero como gran lección, es la de la gallina: “Un día, fui a la parte de la granja. Vivíamos en una casa de campo. Hice a un lado a la gallina y me senté en sus huevos para empollarlos. Obviamente rompí los 15. Así me gané el regaño más grande de aquel tiempo. Era evidente, esa cantidad de alimento era como oro durante la guerra. Nunca me pegaron los Aldrovandi. Yo sí me hubiera pegado”, relata con una sonrisa apenada, pero de arrepentimiento.

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